domingo, 27 de enero de 2008

Un hermano, alguien de quien aprender




General Roca, una ciudad pujante y llena de energías, ciudad con un nuevo orgullo creciente. Pero, de quien nos estamos olvidando, para donde no miramos, podemos hacer algo por la salud de nuestro pueblo, ¿hay espacio para los jóvenes, las mujeres y los ancianos que quieren y pueden trabajar? Y en esta ciudad, hay espacio para los ancianos que, ya cansados de pujar ya no tienen ni donde caerse muertos. En nuestra ciudad hay niños pidiendo y hay que hacer algo por esos niños que están en la calle pidiendo, mas que una moneda; un poco de atención. Pero mas hay que hacer para que esos ancianos que no saben ya más que hacer, que se encuentran abatidos por la tristeza al no tener utilidad para la máquina ciudadana. Un baldío, a la vera del canal grande, frente a una estación de gas (que habrá costado unos cientos de pesos), el abuelo Pablo Ramos Jiménez se encuentra desamparado, sin familia ni techo, a veces sin una mano caritativa que le deje un seco mendrugo de pan, y… ¿ quien le presta atención?, pero claro, una gran rotonda, o una chiquita al lado, un parque con césped y tal ves un gran paseo de compras, donde todo es ´too easy´ (muy fácil) para complacer a los sentidos, obras necesaria para enaltecer el espiritu, o para que vivimos, si no hacemos algo por el prójimo?. Que es el ser cristiano, adventista budista o mahometano si cuando vemos que alguien sufre no podemos darle la mano porque su suciedad nos puede contagiar. El abuelo Ramos hace un par de meses que está viviendo bajo un par de árboles, el más solidario de los vecinos le acercó un colchón sin funda, y un acolchado roído, las monjitas le dan un plato de comida cuando él se puede acercar hasta la iglesia a pesar del insoportable dolor que le produce un dedo medio gangrenado. Y nadie hace nada más por ese pobre ser, perdido en su olvido. De profesión calderista, supo venir de Chile hace más de sesenta años a trabajar a Indare. Paso por alguna fábrica como Batan y en Mar del Plata dejo a tres hijas y un hijo, de los que nada sabe desde hace años. Según contó, hace años trabajó en el hospital hasta que lo forzaron a retirarse, poco a poco se acabó su dinero, su memoria y su alegría, ya sin casa ni perro que le ladre, solo le quedan lágrimas en los ojos. 'Un día me encontré viejo, y sin nadie con quien hablar', otro día se me cayo un ladrillo de mis manos y me lastimó el pie, fui al hospital, donde me enyesaron, pero un día las moscas se me metieron por dentro del yeso así que lo arranque con el cuchillo'. Mi casa la deje en Quintu Panal, pero allí no puedo volver.
-¿Qué es lo que usted quiere?
-Ir con mi familia en Mar del Plata.
-¿Y tiene algún teléfono o dirección?
-… no pero desde la estación me ubico.
-… .
-(lagrimas).

Nota y fotografía: Diego F. Domínguez Di Sarli

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